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DE POLÍTICA Y COSAS PEORES.- Palabrotas

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Por: CATÓN

Los pericos siempre han tenido fama de malhablados. La señorita Peripalda, catequista, tenía uno, y se desazonaba al oírlo decir toda suerte de improperios. El pajarraco se sabía la palabrota que termina en -ejo, la que acaba en -inche y la que remata en -ón. También decía cosas en agravio de la madre ajena. Maldecía, en fin, como antes maldecían los carretoneros. A uno de mi ciudad, Saltillo, se le empezó a deslizar el carretón calle abajo sin que las mulas pudieran detenerlo. El buen señor Rodríguez, cuya mercancía iba en el carromato, le gritó muy apurado al rústico auriga: “¡Atora el carretón!” “¿Con qué?” -preguntó el hombre luchando por frenarlo. En su apuro le dijo el comerciante: “¡Con tu madre, cabrón!” Repuso el carretonero hecho una furia: “¡Lo atoraré con la suya!” “¡Pos con las dos -concedió el señor Rodríguez-, pero atóralo!” Vuelvo al perico de la señorita Peripalda. Gritaba a cada rato con gangosa voz: “¡Quiero follar! ¡Quiero follar!” Cierto día llegó a la casa de la catequista el padre Arsilio. Temerosa de que el cotorro dijera su letanía en presencia del señor cura, y para que éste no fuera a pensar que la había aprendido de ella, la señorita Peripalda metió al perico en el refrigerador. Ahí estaba un pollo congelado. “¡Uta! -exclamó asombrado el loro-. ¿Tú qué verbo usaste? ¿Coger?”… Eso de decir malas palabras es costumbre que sabe tener la gente, como dijo Borges. En cierta ocasión me tocó estar en la misa en la cual un sacerdote celebraba el vigésimo quinto aniversario de su ordenación. Al dirigirse a la feligresía dijo: “En mi generación nos ordenamos 18 seminaristas. De ellos, cinco han pasado a mejor vida”. Se hizo un profundo silencio entre la concurrencia. “Sí -completó el sacerdote-. Tres se casaron, y a dos los hicieron obispos”. Pues bien: el abuelo de Pepito pasó realmente a mejor vida. Alguien le preguntó al chiquillo: “¿De qué murió tu abuelito?” Respondió él: “De maldiciento”. Inquirió el otro, extrañado: “¿Cómo que de maldiciento?” “Sí -confirmó Pepito-. Estaba sentado en su sillón, y de pronto se fue cayendo para un lado al tiempo que decía: ‘¡Ah chingao, ah chingao!’” Explicaré después a qué viene el relato de estos chascarrillos, todos los cuales tratan de dicterios. Antes quiero hacer una humilde sugerencia a la Real Academia de la Lengua. Debería dar carta de naturalización al voquible “maldiciento”, de uso común en México y que no registra su indispensable lexicón. “Maldiciento”, en efecto, no es lo mismo que “maldiciente”. El maldiciente es el que maldice. Maldecir significa echar maldiciones contra alguien o algo. La maldición es una imprecación, e imprecar es proferir palabras con que se expresa el vivo deseo de que alguien sufra daño. El maldiciento dice mal, mas no maldice. Si alguien le espeta a otro: “Eres un pendejo”, lo está insultando -desde luego todo depende del tonito en que se lo diga-, pero no le está deseando mal. Vienen a cuento los cuentos que narré ut supra porque el ya no tan flamante gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez -el famoso Bronco-, insiste en decir palabrotas al hablar en público. Hace unos días echó mano a su profuso repertorio al hablar ante los niños de una escuela, de sus maestros y sus padres. Quizá piensa él que eso lo hace ser de “la raza”, vale decir sencillo, llano, popular. Lo cierto es que a la gente le disgustan esas expresiones. El Bronco fue un excelente candidato, pero eso no es lo mismo que ser gobernador. Debe ahora actuar como tal. Al principio de su gestión alguien me preguntó qué debería hacer Jaime Rodríguez para cumplir bien el cargo que en una elección histórica le otorgó la ciudadanía. Respondí que la principal preocupación de El Bronco debe ser la de no abroncar a los nuevoleoneses. Ya los está abroncando. Se le reprocha el incumplimiento de sus promesas de campaña, particularmente la de castigar la corrupción y la de cancelar el polémico proyecto llamado Monterrey VI, auspiciado por la Federación. Ninguna traza ha dado de hacer una cosa o la otra, y la ciudadanía empieza a reclamarle su omisión. A pesar de eso pienso que El Bronco puede llevar a cabo un buen gobierno. Claro, a condición de que escuche más y hable menos… FIN.

afacaton@yahoo.com.mx

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