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Armando Fuentes Aguirre "Catón" Autor
                     Armando Fuentes Aguirre “Catón”
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Catón

Mi casa está llena de Nacimientos. Los hay de todos tamaños: desde uno pequeñísimo tallado en un grano de arroz hasta otro cuyas figuras son de tamaño natural. Los hay de muy diversos materiales: de barro -noble materia de la que estamos hechos-, de cristal, de madera, de plomo, de papel, de cera o porcelana. Tenemos uno de plomo, y otro hecho con pasta levísima de azúcar. Hay otro que me regaló el Cofre de la Comunidad, en Monclova, formado con chiles y mazorcas de maíz. Los hay de todas partes, comprados en viajes memorables, desde el primero, traído de la luna de miel, hasta el último, que la semana pasada llegó de Tonalá, Jalisco, en compañía de un ángel somnoliento que no acaba todavía de despertar para decir el Gloria. No son tan bellos nuestros Nacimientos como aquellos que ponía Pellicer; ni son tantos como los más de 2 mil que llegó a juntar el padre Tapia en Monterrey; ni son tan espléndidos y grandes como el que me mostró en su hostal “El Delfín”, de Salamanca, don Florentino López Lira, que abarca desde la creación del mundo hasta el Apocalipsis. Pero cada uno de ellos nos dice algo, y cada figura tiene su propio ser y una distinta historia. Aquí está el ciego con su lazarillo, que en vano se esfuerza por explicar a su amo lo que mira en el cielo lleno de ángeles. Allá va esa pastora encinta que siente latir en sí su propia Navidad. Al pie de la colina pacen las ovejas: los pastores las dejaron para ir a adorar al Niño, y un lobo manso las está cuidando.

En la ciudad de casas de cartón vemos al posadero que no tuvo lugar para los peregrinos, y que ahora está solo en medio de tanta maravilla. Al lado del portal un insólito cartero, quizá creación de Panduro, el Miguel Ángel del barro en Tlaquepaque, entrega en un sobre la buena nueva a los pastores, mensajero de la tierra con una carta del Cielo. Por el río, un angelillo diminuto va embarcado en una cáscara de nuez, asido con expresión de susto a los costados de su navecilla a punto de precipitarse por la catarata… Yo voy de noche -voy en mi noche- por esos nacimientos; me vuelvo en ellos heno y barro. Y soy el ermitaño con sus dudas entre la teología de Dios y la otra gran teología, la de la Mujer; y luego soy Bartolo, el ocioso pastor tumbado a la bartola ante el milagro; y soy la mulita franciscana que nada tiene que dar a ese prodigio más que su asombro y su humildad. Visito el portal, tan pequeño que por eso llegó a él la más grande grandeza, y entro también en la cueva donde el demonio habita, rojo con el luciente resplandor de que se rodean todos los espíritus malignos. Y voy y vengo por mis nacimientos, y en ellos vuelvo a nacer cada año, niño como el de ayer, cantor de un canto que todavía no termina de pedir posada. Desde esos nacimientos escribo hoy -desde ese nacimiento-, florecido otra vez, como cada año, con la nostalgia que fue y con los sueños que todavía no son. Y en las sienes el heno de los años tomo esa estrella que esplende sólo para mí; y con mi propio barro fabrico al ángel y al demonio -vale decir que me fabrico a mí mismo-; y soy el peregrino que no ha llegado, y el otro que no quiso venir, y el que no sabe a dónde va, y aquel que ni siquiera es peregrino y nada más está. Y desde mi nacimiento, que los junta a todos, digo mi gloria a Dios en las alturas, y pido unirme al coro de los hombres de buena voluntad que en medio de la desesperanza esperan, y cercados por el escepticismo creen, y ceñidos por la maldad buscan ser buenos, y sobre la indiferencia -que es peor aún que el odio- aman con un amor terco, empecinado, que no se rinde ni se abate nunca, y en la oscuridad de las cosas encienden una luz que dé luz a los demás, y en medio del vocerío atronador ponen una canción que canta quedamente, pero que nunca deja de cantar… A mis cuatro lectores les deseo una Feliz Navidad. Si alguno está triste, que su tristeza se alegre con el recuerdo de sus navidades de niños. Si están alegres, que su alegría no olvide las tristezas de aquellos en cuyas vidas no hay nunca Navidad… FIN.

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