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Por: CATÓN

Don Poseidón, labriego acomodado, viajó a la gran ciudad, y acertó a entrar en un restorán-bar donde las meseras iban topless, vale decir que no llevaban prenda alguna de cintura arriba. El engolosinado lugareño llamó a la camarera que mostraba las más ubérrimas, ebúrneas y magnificentes prendas pectorales y le dijo: “Quiero dos docenas de ostiones, chula. Pero, por favor, tráemelos uno por uno”… Doña Facundia, mujer parlera, no daba nunca tregua a la sin hueso: hablaba y hablaba sin cesar. Cierto día notó que tenía dificultades para oír. Fue con su médico, el doctor Ken Hosanna, y le dijo con inquietud: “Siento que no oigo bien. ¿A qué se deberá?” Diagnosticó el facultativo: “Ha de ser falta de práctica”… El director de la nueva línea aérea le dijo al encargado de la publicidad: “Es cierto: nuestra oficina central se encuentra en Génova, y todas las ciudades a las que volamos están en Italia. Pero no acaba de gustarme el nombre que usted propone: Genitalia”… Himenia Camafría fue a confesarse con el padre Arsilio. Le dijo: “Me acuso de que un hombre joven y guapo me agarró una nalga en el autobús”. Le preguntó el sacerdote: “¿Y tú qué hiciste, hija mía, para reprimir a ese enemigo de tu honestidad?” Respondió Himenia: “Lo que el Señor ordena que hagamos con nuestros enemigos: le ofrecí la otra mejilla”… El ranchero Colás llegó muy tarde a su casa.

Le preguntó su mujer: “¿Por qué tardaste tanto?” “Ya venía -respondió-, pero vi a una monjita que iba a pie. La invité a subir al carretón, y a partir de ese momento las malditas mulas ya no entendieron ni una sola de las palabras que les dije para ir más aprisa”… Me desazonó y me puso triste ver la forma en que el Papa Francisco reaccionó cuando un hombre lo estiró hasta hacerlo perder el equilibrio para arrebatarle el obsequio que iba a dar a otra persona. Airado, con el rostro descompuesto por el enojo, el Pontífice reprendió duramente al individuo. Pienso que en este trance el Papa se mostró más jesuita que franciscano. Lejos de mí la temeraria idea de decir que el Santo Padre cometió pecado de ira -quizás algún comentador menos timorato que yo diría eso-, pero a juzgar por su semblante y sus palabras estuvo muy cerca de incurrir en esa culpa. Ciertamente es reprensible la conducta del sujeto que tironeó al Papa, pero alguien que trata con multitudes está expuesto a actos así y debe prepararse a fin de no salirse de sus casillas ni mostrar su irritación, por muy justificada que sea, sobre todo en tratándose de un pastor que se ha presentado como todo bondad, todo misericordia, todo humildad. Se me dirá que el Papa es un hombre como todos, sujeto a las flaquezas de la condición humana. Hay muchos atenuantes para justificar la actitud del Papa: sus años, su cansancio, la supina torpeza de quien lo jaloneó. Sin embargo se espera del Papa que no actúe como todos, sino que dé ejemplo de paciencia, de perdón, de magnanimidad. Y, en lo estrictamente humano, de control de sí mismo. En fin, la carne es débil, sobre todo cuando se pone fuerte… Don Languidio, senescente caballero, iba por la calle y en una esquina lo abordó una musa de la noche. Le preguntó la mujer: “¿Te gustaría pasar un rato agradable, guapo?” Contestó el maduro señor: “Lo siento. Ya es tarde”. Replicó la daifa: “Son apenas las 9 de la noche”. “No -aclaró don Languidio con tristeza-. Son 20 años tarde”… La guapa y voluptuosa muchachona le dijo al policía de la esquina: “Aquel hombre me hizo objeto de libidinosos tocamientos. ¿No va a hacer nada?” “A mí también me gustaría hacer algo, señorita -respondió el gendarme-, pero en este momento estoy de servicio”… Afrodisio Pitongo entró en la tienda de ropa para caballero y preguntó a la encargada: “¿Tienen ropa interior negra para hombre?” Respondió desconcertada la muchacha: “Ninguno de nuestros proveedores vende ropa interior de color negro para caballero”. “¡Qué lástima! -exclamó Afrodisio-. Murió mi compadre Ultimiano, y esta noche voy a darle el pésame a la comadrita”… FIN.

afacaton@yahoo.com.mx

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